Aprender a querer es como hacer un dibujito con la mano no-habil

 


Mi madre me enseñó primera acerca del querer. Con atención casi obsesiva, nerviosa, controladora y constante. Con una dedicación aturdidora, una mirada punzante y respuestas zigzagueantes. Se me viene a la mente una imagen: Siendo yo pequeña y estar apoyada en ella mirando la tele, agarrándonos de las manos y que ella apretara la mía con fuerza. El problema es que siempre se mantuvo las uñas largas y estas pinchaban mi palma. Yo dejaba que lo haga, porque me gustaba sentirla cerca y no quería que sintiera que no quería tomar su mano. Instintivamente, apretaba los ojos y hacía una mueca en silencio cuando me dolía. Sobre mi palma, sus uñas quedaban grabadas a presión. Mi madre aprendió de formas diversas acerca del querer. Se crió en una época distinta, en un territorio distinto, en un contexto socio-cultural distinto. Mi madre perdió a su madre cuando tenía menos de un año. Yo, a mis veintiseis tengo a mí madre frente a mí mientras descorchamos una botella de sidra después de cenar torrejitas de acelga. Soy afortunada. Aprendí a querer de ella y ahora amo con la furia que me transmitió. Riendo con fuerza, apretando a veces de más, poniendo esa mirada que pone cuando quiere juzgarme por lo que acabo de decir. He tomado sus modos, porque me son propios, los he observado y analizado, he aprendido de ellos y tomado consciencia de que a veces, apretar las manos con las uñas largas, está mal. Que la mirada punzante debe estar acompañada de una mirada tierna. Que la respuesta zigzagueante debe de contener una certeza tan rotunda como evidente. 

Aún así, durante mi vida, no he querido mucho. Las veces que he querido, lo he hecho con la total devoción que requiere. Mi querer, siempre ha sido de característica: eterna. No desaparece, ni se difumina, solo se apacigua en mí, por cuestiones claras de las necesidades del presente vivir. Reposa dormido dentro de mis órganos, se acurruca entre mis vísceras y espera impaciente mostrarse vivo. A mis quereres, los hice cuerpo y salen a la luz cada que amo de nuevo. Durante mi existencia, me han querido siempre muy lindo. He aprendido de ello y lo he apropiado con mucha disciplina. Lo llevo en mí cuando me dispongo del tiempo y la paciencia de escribir con claridad y prolijidad el manuscrito de una carta, cuando espero impaciente el descubrir de un obsequio sorpresa, cuando me aventuro a lo impredecible por un segundo más de cercanía. Aprendí a ser atenta, a apreciar el detalle, a leer el temple de la voz, a mostrar predisposición. A observar con constancia, a memorizar movimientos, gesticulaciones, silencios y respiros. Escuché con cuidado historias de vida, árboles genealógicos, datos irrelevantes sobre gente que no conozco, gustos de helado favorito, números de documento, la manera mejor en que se prepara una sopa. Aprendí con mucha cautela a querer con el interés necesario. A palpar la piel con suavidad y cuando lo requiera, con firmeza. A elegir con estrategia las palabras y a hacer del silencio un silencio donde surgan respuestas. 

En el texto original que escribí hace ya más de medio año, proseguía quejandome de las categorias de la pareja vs la amistad, la monogamía vs la poligamia y blablases. Creo que es un sinsentido ahondar en esas problemáticas porque no dejan de ser conflictos que terminan por reducir todo a binarismos. Lo bueno y lo malo, lo útil e inútil, lo verdadero y lo falso. En este tiempo he aprendido que ninguna circunstancia puede ser tan lineal como para ser categorizada en lo que está bien y lo que está mal. Y que es esta reducción la que imposibilita ver otras alternativas. A veces una está muy desesperada en poder elegir el bando por lo bueno, que pierde la noción de las complejidades propias del existir. Se torna en un ejercicio de juicio y moral, más que de encontrar soluciones a problemas o incomodidades. Pues ninguna solución entra dentro de estándares fijos sino que fluctúan hasta encontrar balances precisos por cada circunstancia.

Más que hablar de binarismos, hoy me es importante encontrarle estabilidad y firmeza a lo que yo creo que es el querer. Que es en definitiva el encontrar el medio justo para que un cariño sea estable pero que no apriete desmedido, que no hable de propiedad pero tampoco de consumo, que sea proyecto del mañana sin dejar de atender el presente inmediato, que entienda de compromiso pero también de autonomía e independencia. 

Este pequeño textito más que dar respuestas es -medio que como todo lo que producen mis patitas- una invitación a interrogantes. 

¿Qué es el querer? 

¿Cómo es tu querer?

¿Qué esperás del querer?

// De la primera edición.

He llegado a pequeñas conclusiones que quiero dejar en palabras dibujadas para volver a mí cuando entienda un poco más acerca del garabato que es hoy mi presente: a) La única posibilidad real para construir el querer debe estar cimentada en una gran base de confianza, honestidad y creencia. Creer en el querer es la base primera. Creer con fe ciega. O más bien, con el trabajo que requiera. Dicho sea de paso, b) El querer no surge de ósmosis, sino que debe de ser cimentada, trabajada, construida, fabricada con un esfuerzo constante y certero. Un amor que se cimenta en la confianza, debe de ser trabajado. Ni amor, ni confianza se sostienen en el tiempo sin trabajo intermedio. c) Este trabajo debe ser en conjunto. Debe de mantenerse en reciprocidad pues es un trabajo pesado para una sola. De la misma forma, d) Debe de ser humanizante y consciente de la otra. No como categoría, no como ideal, no como personaje, sino como persona entera, de complejidades, sentires, miedos, esperanzas y ocupaciones. e) La honestidad, debe de ser no sólo en relación a la otra, sino a una misma. Una ha de saber interrogarse acerca de lo que siente, vive, sueña y desea para poder poner en palabras y acción un querer que pueda ser entero. Quien sabe indagarse y reconocerse, sabrá cómo extrapolar verdades. f) El querer no se construye solo de acciones ni solo de palabras, es una retroalimentación constante que también implica el saber cómo comunicarse, tanto para otras como para una misma. Saber qué duele e incomoda es el paso primero, luego el saber cómo expresarlo para que en el diálogo surjan ideas fructiferas. g) No todo lo que duele es violencia. //


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